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domingo, noviembre 19, 2006 

Segunda entrega. Capítulo II

II
Hello Goodbye




Que difícil se vuelve contar una historia si no se mencionan detalles importantes como el tamaño de las manos, la finura de unos ojos, lo bien boleados que llevaban los zapatos o lo sonriente que solía salir en las fotografías el personaje principal. A mí también me cuesta trabajo buscar el detalle de distinción; no sé bien si eran sus trajes rectos negros, sus camisas blancas bien almidonadas o el cabello ligeramente amelenado batido suavemente por el viento; no sé si era su actitud rebelde o la manera en que cruzaban sus manos cuando jugaban a posar para una gran portada de revista. Lo que me queda claro es que todo aquello era un mundo de fantasía: mi tío Armando jugando con los platillos y golpeando a contratiempo el pandero, mi padrino Chucho sacando de oído a la primera los acordes de “House of the rising sun”, el Chazán vendiendo su colchón para comprarle cuerdas a su guitarra, mi tío Héctor “El cabezón” comiendo hasta reventar el pozole que hizo esa tarde mi madre y mi padre corriendo en los pasillos de la Voca 8 gritando de emoción que acababa de lanzarse al mercado el Sargent Pepper de los Beatles.


El disco es una secuencia infinita de experimentos sonoros; había mística y misterio en cada uno de sus extremos. El espíritu invocado e ilustrado de Sri Yukteswar Giri, Aleister Crowley, Karlheinz Stockhausen, Carl G. Jung, Edgar Allan Poe, Fred Astaire, Aldous Huxley, Dylan Thomas, Tony Curtis, Mae West, William Burroughs, Sri Mahavatara Babaji, Stan Laurel, Oliver Hardy, Karl Marx, Sri Paramahansa Yogananda, Marlon Brando, Oscar Wilde, Stephen Crane, Lewis Carroll, Shirley Temple, Albert Einstein, Marlene Dietrich, y Mohandas Karamchand Ghandi, entre otros, llenaba de magia, pasión, inocencia y ocultismo cada una de las trece melodías que pretendían describir la soledad que experimentan los miembros del Club del Sargento Pimienta.

La tarde que llegó mi padre con el disco toda actividad se suspendió en la casa. Mi madre preparó una jarra de tejuino, tostadas plazeras y hubo silencio los primeros minutos. El ritual había comenzado, todos sentados en el centro de la sala habían pasado con cuidado el acetato y observado con la emoción con que se espera en la vida la llegada de un hermano o que la novia se desvista para hacer el amor.




El cielo azul, las fotografías en blanco y negro, unas más cabezonas que otras, su distribución a manera fotografía de graduación y el color chillante de los trajes de un cuarteto que visionario ve al frente como quien contempla el futuro y a su lado, las cuatro figuras de cera simbólicamente soportando el dolor con el boxeador Sonny Liston como su sparring. Aquella caligrafía floral estaba inscrita de sangre ritual.

Mi padre despojó el celofán del acetato mientras mi madre desde la cocina gritaba: “Cómo la hacen de emoción”. Así, cumpliendo con hombría a sus obligaciones, lo colocó en la tornamesa. Los primeros acordes de “Sgt. Pepper’s loneyl hearts club” se escucharon con eco ante el silencio de la casa.



Mientras fluía la verdad que sólo se revela a los profetas e iniciados, uno a uno se fueron tirando al piso. El tirol que se desprendía del techo absorbió sus recuerdos y cada una de las imágenes que se creaban ante “Lucy in the sky with diamonds”, “Fixing a Hole”, “She’s leaving home”, “When I’m sixty-four”, “Loveley Rita” y “A day in the life”. El disco lo repitieron hasta rayarlo. Las tostadas se habían hecho aguadas sin haber sido probadas, los hielos del tejuino se derritieron en su totalidad y mi madre se durmió en el sillón a la tercera vuelta.

Éxtasis y revelación son las palabras que describen el momento, algo así a lo que experimentó Lennon cuando conoció a Yoko Ono en una galería de arte moderno en Nueva York donde se exponían cuadros minimalistas.

Después de quince minutos de silencio tras la doceava puesta, el Chazán rompió el hielo; se enderezó un poco, pegó sus rodillas al pecho, se rascó la cabeza y comentó: “Está pocamadre y si lo volvemos a oír”. Y así les llegó la noche y la madrugada. El disco entero contenía en una extensa y apabullante sinfonía el sentir de su generación: psicodelia, magia, esoterismo, literatura, oscuridad, rebeldía, artistas pop, gurús de segunda mano, orientalismo y mucho, pero mucho rock and roll.

Esa tarde mi padre recordó con nostalgia los días en que mi abuelo Lorenzo le enviaba desde Mexicali aquellas pelucas Mod, los trajes negros sin solapa y cuello Mao y las cuerdas para su bajo Gibson.

En casa nunca faltó un recuerdo Beatle; había muñecos de porcelana con cabezas bailables y movibles soportadas por un resorte; camisetas con la portada del Revolver, tazas con el nombre de cada uno de los integrantes y posters por toda la casa.

En las fiestas, mi tío Héctor y mi padre eran la sensación, bailaban cada una de las canciones de sus discos como si fuera el fin del mundo y ellos tuvieran que hacer un ritual vudú para impedirlo.

Mi abuelo les consintió cada uno de sus caprichos musicales, los cambios de ropa, los ensayos en la sala de la casa, las visitas inesperadas que eran recibidas en el garage como si estuvieran grabando el “Let it be” y las decenas de cortes de pelo. Lo usaron corto, lo usaron largo, con bigotes a la western, las patillas a lo Gabilondo Soler, los flequillos alborotados, las melenas de príncipe valiente y al final, la irreverencia: revolucionario como Jesucristo y las barbas enarboladas de sabiduría como rabinos.

Todas sus etapas estéticas estaban en esa portada; desde la algarabía Mod y la ingenua impertinencia estudiantil hasta la desparpajada y herética desilusión postexistencialista, muy a la beat, muy a la americana.

El trabajo visual de Peter Blake, Jann Haworth, Madame Tussauds y Michael Cooper sólo podía estar ahí, en un álbum asquerosamente bello y conceptual; en un disco en el que se desbordaba la curiosidad y la búsqueda por hacer algo completamente diferente. Era revolucionario, distorsionado, pesado, ecualizado, único y concreto. 700 horas se necesitaron para su grabación mientras que el primer sencillo de los Beatles, “Please Please Me”, se había grabado en tan sólo 585 minutos. Era obvio que estaban ante un disco que cambiaría la historia de la música. Cada micrófono colocado en los metales, campanas y violines; los audífonos convertidos en micrófonos para captar los instrumentos de cuerda; los ecos en las vocales y sacados a través de las bocinas Leslie de un órgano Hammond; osciladores, velocidades alteradas, coros alternados de cinta cortada y puesta al revés junto con los acordes finales de “A day in the life” formando un groove hipnótico e infinito.





Sin lugar a dudas, la vida cambia después de “Being for the benefit of Mr. Kite!”. Nadie puede ser el mismo tras aquellos pasajes iniciáticos legados tras 129 días de creatividad y alucinación.

No puedo negarlo, desde aquel día, los Beatles estuvieron en casa llenando cada segundo de mi vida. Estaban en la cocina, en la sopa de letras que preparaba mi madre, en el tapete del baño, en las calcomanías pegadas en los clósets, en la parrilla del Volks Wagon, en las tocadas de los viernes, en los reventones de la Álamos, en las canchas de fut del Don Bosco, en Radio Capital, en la primera salida de mis padres, en su viaje a Avandaro y los eternos minutos que tuvieron que caminar entre hippitecas y desnudos, en la carta que escribiera mi padre a mi abuelo para anunciarle el embarazo de mi madre, en el abandono de casa de mi abuela, en mi nacimiento en una casa de monjas en la San Miguel Chapultepec, en el bambineto que colocaban en el maletero, en las noches en vela que pasó mi padre para terminar la prepa y la carrera, en mis primeros pasos en la casa de mi tío Bonny en la Narvarte, en mis primeras palabras donde lo único, que dice mi madre que se me entendió: fue “yeah, yeah”.

Todo en esta vida puede ser ilustrado por una canción de los Beatles. No hay infante que no aprendiera el abecedario con la versión de “Leatter B” (“Let it be”) de Plaza Sésamo o adolescente que no se sintiera maldito escuchando “Helter Skelter”.
A la fecha mi madre espera cumplir sesenta y cuatro años para recibir su tarjeta de felicitación y una botella de vino; todavía se pregunta si será querida y atendida o si tejerá una bufanda junto a la chimenea, misma que emplearan mis padres en sus paseos dominicales. La vida entera podría ir del “From me to you” al “We can work it out”.




El bien, el mal; el día, la noche; el amor, la decepción; los viajes, la soledad; la frivolidad, la voz de la experiencia; todo está en sus diecisiete discos de estudio y sus cientos de grabaciones piratas. Ellos son quizá el soundtrack de mi vida y yo quizá, la canción que les faltó escribir.

La tarde que descubrí que el mundo no había sido ganado por los buenos, también busqué señales del demonio en los discos de los Beatles. Era extraño, según nos mostraron años después en un video transmitido en el salón de civismo del Colegio Cristóbal Colón y realizado por los Hermanos Maristas en Bostón, en la canción “Number 9” una misa negra se podría percibir sin necesidad de artimañas de laboratorio. Yo esa tarde, sólo vi dibujos animados, a Lennon vestido de blanco seguido de Ringo en traje negro, McCartney descalzo y fumando y Harrison totalmente de mezclilla. No encontré al diablo en Abbey Road, en el submarino amarillo, ni en lo más blanco de lo blanco del White Album. Sin embargo, sí que lo estaba en el Let it Bleed, Their Satanic Majesties Request, en el Goat’s Head Soup, en “Paint it Black, y en “Sympathy for the devil” de los Rolling Stones. Ya decía que ser el lado opuesto de los Beatles tenía su truco oculto y miren dónde lo vine a descubrir.

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